Llevaba rato mirando el techo. Mirando sin ver. La pequeña lamparita de su escritorio impedía que la noche cerrada del exterior invadiera también su habitación. Se levantó pesadamente de la silla y observó en derredor, buscando recuerdos, analizando las posibilidades, tratando de encontrar -en vano- alguna respuesta. Abrió el armario y, sin saber la razón, cogió su chaqueta favorita, herencia de su padre, y se la puso al hombro. Se calzó y abrió la puerta de su carto. Echó una ojeada al que había sido su hogar durante toda su vida. Todo en aquel lugar permanecía inalterable al paso del tiempo. Los mismos mueblos, las mismas fotos, los mismos olores.. todo.
Salió de su casa por la puerta del garaje, como había hecho siempre. Antes de cerras se dio cuenta de que las llaves habían quedado olvidadas en algún rincón de su cuarto. No importaba realmente, donde iba no las necesitaría.
Cerró.
Fuera, noche cerrada. Una fresca y suave brisa le mecía el pelo y le obligó a abrigarse. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad se percató de que había una multitud de estrellas rodeándole y celebrando su encuentro. "¡Qué ironía!" -sonrió- "noche cerrada"..
domingo 15 de noviembre de 2009
lunes 28 de septiembre de 2009
Ícaro
Los sueños se vuelven en contra tuya y nunca se cumplen, las personas no son como creías, los amores no son para siempre. Das más que recibes, si es que alguna vez tienes la dicha de recibir. Por mucho que aparezca en las películas, el esfuerzo y la entrega no valen la pena ya que nunca son suficientes. Confiar ciegamente en alguien solo trae problemas. Caminar no siempre te lleva a un destino. Hay alas que no sirven para volar. Sentarte y llorar no sirve de nada y prometer que lucharás por cambiar tampoco. El orgullo y la envidia te pudren las entrañas. Nada es tan bonito como parece y nos pasamos nuestra existencia deseando estar en otro lugar, con distinta compañía, o incluso ser otro. Te peleas con todos tarde o temprano. Te decepcionan y decepcionas. Muchos hombres y mujeres han escrito sobre cómo se debe mejorar y no hacemos caso. Nos advierten, pero preferimos caer una y otra vez con la misma piedra para no tener que seguir caminando. Perdemos la vida buscando - o creando - recuerdos de un pasado que siempre parece mejor.
Todo eso lo sabemos, sin embargo…
Hay unos pequeños momentos de lucidez, momentos que no esperas… A veces ni los deseas. Pero ahí están. Llegan, te atrapan y te hacen sentir las cosas de otro modo, radicalmente opuesto. Te sacan del pozo de la mediocridad y planeas por unos instantes entre las nubes de la superioridad. Te llenan de ingenuidad y de ganas de seguir con el sin vivir. Pequeñas etapas que te hacen decir tonterías, que te embriagan de poder, de resolución, arrogancia y determinación. La Gloria, con mayúsculas... MI Gloria.
¿Merece la pena sacrificar toda tu vida por uno de esos momentos? Claro que sí. Concluir tu existencia haciendo las cosas a tu modo. Con la soberbia de un ganador nato. Dar tu último golpe contra la mesa. Como un zorro acorralado que no tiene nada que perder, pero todo por ganar. Morir triunfando. Porque no nos engañemos, jugamos para ganar. El que se conforma con la mera participación es simplemente un hipócrita redomado o un perdedor crónico. Decidir cómo, cuándo y dónde morir… Ésa es la mayor grandeza del raciocinio humano, la mayor libertad posible. Que nadie te convenza de lo contrario, o te convertirás en un perdedor más: En un hombre gris como los creados por Michael Ende en Momo. Mira a tu alrededor, seguramente ya te estarán rodeando… ¿Querrás caer con ellos? Yo no.
Merece la pena, desde luego. Y tarde o temprano llegará mi momento, me preparo para ello desde que nací (más falsas esperanzas).
Y como colofón idóneo para remarcar mi adorable estupidez, mi desdichada soledad en este mundo de solitarios, creo la cita por la que me recordarán ahora y para siempre:
PD: Escrito cuando tenía 15 años. Es curioso ver cómo aunque nada es igual, nada ha cambiado.Vuelvo por casualidades del destino. Quién sabe si volveré a pasar por aquí alguna vez.
Todo eso lo sabemos, sin embargo…
Hay unos pequeños momentos de lucidez, momentos que no esperas… A veces ni los deseas. Pero ahí están. Llegan, te atrapan y te hacen sentir las cosas de otro modo, radicalmente opuesto. Te sacan del pozo de la mediocridad y planeas por unos instantes entre las nubes de la superioridad. Te llenan de ingenuidad y de ganas de seguir con el sin vivir. Pequeñas etapas que te hacen decir tonterías, que te embriagan de poder, de resolución, arrogancia y determinación. La Gloria, con mayúsculas... MI Gloria.
¿Merece la pena sacrificar toda tu vida por uno de esos momentos? Claro que sí. Concluir tu existencia haciendo las cosas a tu modo. Con la soberbia de un ganador nato. Dar tu último golpe contra la mesa. Como un zorro acorralado que no tiene nada que perder, pero todo por ganar. Morir triunfando. Porque no nos engañemos, jugamos para ganar. El que se conforma con la mera participación es simplemente un hipócrita redomado o un perdedor crónico. Decidir cómo, cuándo y dónde morir… Ésa es la mayor grandeza del raciocinio humano, la mayor libertad posible. Que nadie te convenza de lo contrario, o te convertirás en un perdedor más: En un hombre gris como los creados por Michael Ende en Momo. Mira a tu alrededor, seguramente ya te estarán rodeando… ¿Querrás caer con ellos? Yo no.
Merece la pena, desde luego. Y tarde o temprano llegará mi momento, me preparo para ello desde que nací (más falsas esperanzas).
Y como colofón idóneo para remarcar mi adorable estupidez, mi desdichada soledad en este mundo de solitarios, creo la cita por la que me recordarán ahora y para siempre:
"Aunque fuera por un instante, Ícaro ganó al Sol."
PD: Escrito cuando tenía 15 años. Es curioso ver cómo aunque nada es igual, nada ha cambiado.Vuelvo por casualidades del destino. Quién sabe si volveré a pasar por aquí alguna vez.
viernes 9 de mayo de 2008
Lejos de los aplausos.
El bar de Lola está tranquilo esta noche. Música suave y las luces del puerto tras la ventana, al extremo de la calle. Tararí tarará, suena la minicadena colocada entre dos botellas polvorientas de Fundador, en un estante. Es la hora de los amigos que saben estar callados. El Piloto, Octavio Pernas, el gallego irreductible, y Pepe Sánchez, el malagueño de Cuevas del Becerro, beben a mi lado, apoyados en la barra, sin abrir la boca. Lola seca vasos al otro lado, o se entretiene haciendo cuentas de pesetas a euros. De vez en cuando le miramos el escote y seguimos bebiendo en silencio. Se está bien aquí, así. Callados, mirando. Pensando.
Y qué pasa, dice de pronto Pepe Sánchez, cuando a Manolo, el último héroe, se le acaba el partido. Dice eso y los otros nos quedamos inmóviles sobre nuestras ginebras azules, y hasta Lola se para con un vaso en alto, a medio secar. Pero Pepe no se corta. Qué pasa, insiste, cuando el artículo que escribiste sobre el futbolista Manolo, ¿te acuerdas?, se convierte en un viejo recorte amarillo. Cuando pasa el tiempo y la gente se olvida de él, y sus compañeros de equipo y su entrenador sólo recuerdan que pudo meter un gol y no quiso, por tirárselas de hidalgo. Y entonces, al cabo de unos días, van y lo echan a la puta calle.
El Piloto me mira, leal como siempre, seguro de que tengo una respuesta adecuada para eso. Y Octavio se ríe por lo bajini. Pasa, comenta el gallego, que Manolo no es el último héroe sino el último gilipollas. Pasa que le dan por saco bien dado. Que, como premio a su noble gesto, termina en el paro y ya no lo ficha ningún club. Que al final la vida demuestra que quienes tenían razón eran aquellos a quienes nunca importó cómo ganar el partido. Que los que juegan sucio pero ganan son los halagados y agasajados en todas partes, y que a estas horas el pobre Manolo estará tirado en una esquina, sin que nadie se acuerde de él. Algunos lo sabemos por experiencia.
El Piloto sigue observándome sin abrir la boca. Di algo, apremian sus ojos grises. Seguro que puedes cerrarle la boca a estos colegas. Pero yo no estoy tan seguro. Acabo de leer la historia de Santos González Roncal, el trompeta aragonés de Baler, otro último héroe, precisamente uno de los últimos de Filipinas, que estuvo sepultado durante mucho tiempo en una tumba sin cruz ni nombre después de que, ya anciano, un grupo de falangistas y guardias civiles lo fusilara en el 36 mientras pedía en vano que antes le permitieran ponerse su vieja casaca con sus medallas. También acabo de oír la historia de los honorables jueces que el otro día excarcelaron a un par de narcotraficantes en vísperas del juicio. Acabo de leer y de oír y de mirar como cada día. Y tal vez, Piloto, tengan razón estos dos aguafiestas, concluyo hundiendo la nariz en mi vaso. Los dos aguafiestas ni se inmutan. Lola me mira muy fijo. Te encuentro bajo de moral esta noche, comenta. Es que, respondo, vivo en España, y a veces me doy demasiada cuenta.
Y sin embargo, dice el Piloto. Lo miramos esperando que siga, pero ya no sigue. Ha dicho cuanto tenía que decir, así que enciende un cigarrillo y mira por la ventana hacia las luces del puerto. Pero yo sé lo que dice sin decirlo. Sin embargo, recuerda su mirada silenciosa, a veces te pega el levante duro allá afuera y estás solo y no hay público que aplauda ni cristo bendito que te ayude, y puedes elegir entre echarte a llorar o apretar los dientes y pelearte con la mar y con Dios. O estás solo en casa, o perdido en mitad de una calle o de la vida, o cavando tu propia fosa con un fusil en el cogote sin que te dejen ponerte las viejas medallas, y te dices bueno, claro, la verdad es que con claque y aplausos puede ser héroe cualquier tonto del culo a poco que lo animen. La cuestión es cuando estás perdido en el bosque igual que Pulgarcito, solo como un perro, y ves las cosas como son, y no te haces ilusiones sobre el monumento en la plaza de tu pueblo, y a fin de cuentas el asunto se dirime entre tú y tú mismo. Con mucha suerte, en el mejor de los casos, puede haber una mujer, un hombre, tal vez un hijo que te miran. Que comprenden, o no. Que saben por qué haces lo que haces y lo que no haces, o que un día, rebobinando la escena, quizá lo sepan. Y si no, pues oye. Qué cojones. Tampoco tiene tanta importancia.
Todo eso dice el Piloto en el bar de Lola sin abrir la boca. Y Octavio y Pepe Sánchez lo escuchan como yo; y a regañadientes inclinan la cabeza y asienten al fin, porque saben que el Piloto tiene razón. Entonces Lola cambia el cedé en la minicadena, y entre las botellas polvorientas de Fundador suena Yo te diré. Por los héroes, comenta alguien, levantando la copa azul. O tal vez no lo comenta nadie, sino que viene en las palabras de la canción. Entonces todos levantamos la copa, despacio, y Lola nos mira y dice: a ésta os invito yo.
"Lejos de los aplausos." Arturo Pérez-Reverte
----
Tras mucho cavilar, no se me ocurría una mejor manera de empezar mi andadura por Turcoplata. Y, ¿qué es Turcoplata? Pues mi pequeño y humilde rincón en la vasta red que es internet, surgido por la loable razón de mostrar al mundo obras y pensamientos propios, imposibles de hacer llegar de otra manera, o recalcar y honrar las obras y pensamientos ajenos, muchas veces más acertados que los míos.
Aún no sé con qué llenaré este vacío a partir de ahora, pero buscaré la manera y el tiempo.
"Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo." - Aldoux Huxley
El nombre Turcoplata y sus derechos de autor pertenecen a Eduardo R. Salas. Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de el mismo.
Y qué pasa, dice de pronto Pepe Sánchez, cuando a Manolo, el último héroe, se le acaba el partido. Dice eso y los otros nos quedamos inmóviles sobre nuestras ginebras azules, y hasta Lola se para con un vaso en alto, a medio secar. Pero Pepe no se corta. Qué pasa, insiste, cuando el artículo que escribiste sobre el futbolista Manolo, ¿te acuerdas?, se convierte en un viejo recorte amarillo. Cuando pasa el tiempo y la gente se olvida de él, y sus compañeros de equipo y su entrenador sólo recuerdan que pudo meter un gol y no quiso, por tirárselas de hidalgo. Y entonces, al cabo de unos días, van y lo echan a la puta calle.
El Piloto me mira, leal como siempre, seguro de que tengo una respuesta adecuada para eso. Y Octavio se ríe por lo bajini. Pasa, comenta el gallego, que Manolo no es el último héroe sino el último gilipollas. Pasa que le dan por saco bien dado. Que, como premio a su noble gesto, termina en el paro y ya no lo ficha ningún club. Que al final la vida demuestra que quienes tenían razón eran aquellos a quienes nunca importó cómo ganar el partido. Que los que juegan sucio pero ganan son los halagados y agasajados en todas partes, y que a estas horas el pobre Manolo estará tirado en una esquina, sin que nadie se acuerde de él. Algunos lo sabemos por experiencia.
El Piloto sigue observándome sin abrir la boca. Di algo, apremian sus ojos grises. Seguro que puedes cerrarle la boca a estos colegas. Pero yo no estoy tan seguro. Acabo de leer la historia de Santos González Roncal, el trompeta aragonés de Baler, otro último héroe, precisamente uno de los últimos de Filipinas, que estuvo sepultado durante mucho tiempo en una tumba sin cruz ni nombre después de que, ya anciano, un grupo de falangistas y guardias civiles lo fusilara en el 36 mientras pedía en vano que antes le permitieran ponerse su vieja casaca con sus medallas. También acabo de oír la historia de los honorables jueces que el otro día excarcelaron a un par de narcotraficantes en vísperas del juicio. Acabo de leer y de oír y de mirar como cada día. Y tal vez, Piloto, tengan razón estos dos aguafiestas, concluyo hundiendo la nariz en mi vaso. Los dos aguafiestas ni se inmutan. Lola me mira muy fijo. Te encuentro bajo de moral esta noche, comenta. Es que, respondo, vivo en España, y a veces me doy demasiada cuenta.
Y sin embargo, dice el Piloto. Lo miramos esperando que siga, pero ya no sigue. Ha dicho cuanto tenía que decir, así que enciende un cigarrillo y mira por la ventana hacia las luces del puerto. Pero yo sé lo que dice sin decirlo. Sin embargo, recuerda su mirada silenciosa, a veces te pega el levante duro allá afuera y estás solo y no hay público que aplauda ni cristo bendito que te ayude, y puedes elegir entre echarte a llorar o apretar los dientes y pelearte con la mar y con Dios. O estás solo en casa, o perdido en mitad de una calle o de la vida, o cavando tu propia fosa con un fusil en el cogote sin que te dejen ponerte las viejas medallas, y te dices bueno, claro, la verdad es que con claque y aplausos puede ser héroe cualquier tonto del culo a poco que lo animen. La cuestión es cuando estás perdido en el bosque igual que Pulgarcito, solo como un perro, y ves las cosas como son, y no te haces ilusiones sobre el monumento en la plaza de tu pueblo, y a fin de cuentas el asunto se dirime entre tú y tú mismo. Con mucha suerte, en el mejor de los casos, puede haber una mujer, un hombre, tal vez un hijo que te miran. Que comprenden, o no. Que saben por qué haces lo que haces y lo que no haces, o que un día, rebobinando la escena, quizá lo sepan. Y si no, pues oye. Qué cojones. Tampoco tiene tanta importancia.
Todo eso dice el Piloto en el bar de Lola sin abrir la boca. Y Octavio y Pepe Sánchez lo escuchan como yo; y a regañadientes inclinan la cabeza y asienten al fin, porque saben que el Piloto tiene razón. Entonces Lola cambia el cedé en la minicadena, y entre las botellas polvorientas de Fundador suena Yo te diré. Por los héroes, comenta alguien, levantando la copa azul. O tal vez no lo comenta nadie, sino que viene en las palabras de la canción. Entonces todos levantamos la copa, despacio, y Lola nos mira y dice: a ésta os invito yo.
"Lejos de los aplausos." Arturo Pérez-Reverte
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Tras mucho cavilar, no se me ocurría una mejor manera de empezar mi andadura por Turcoplata. Y, ¿qué es Turcoplata? Pues mi pequeño y humilde rincón en la vasta red que es internet, surgido por la loable razón de mostrar al mundo obras y pensamientos propios, imposibles de hacer llegar de otra manera, o recalcar y honrar las obras y pensamientos ajenos, muchas veces más acertados que los míos.
Aún no sé con qué llenaré este vacío a partir de ahora, pero buscaré la manera y el tiempo.
"Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo." - Aldoux Huxley
El nombre Turcoplata y sus derechos de autor pertenecen a Eduardo R. Salas. Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de el mismo.
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