miércoles, 24 de febrero de 2010

No ceiling.

Libertad. Absoluta y total libertad. La verdadera libertad. Era lo que siempre había deseado, lo único que le impulsaba a vivir y, por fin, la había conseguido. La sentía en lo más profundo de sus entrañas, otorgándole una energía y una lucidez mental que nunca antes había experimentado. Ahora sabía quién era, sabía lo que quería: Ir siempre un paso más allá, sobreponerse a los dificultades, superar lo desconocido. Se sentía salvaje, indómito, puro, fuerte... vivo. Saboreaba la libertad, que en esta ocasión era salada debido a las pequeñas gotas de mar que le llegaban con el vaivén de las olas. Oía la libertad, que hoy le brindaba una numerosa bandada de gaviotas. Observaba la libertad, con los grandes acantilados a sus espaldas. Todo aquello le resultaba soberbio, sublime, sobrecogedor, impresionante. El mundo estaba a sus pies. El horizonte tan solo era un muro que le cabía entre las cejas. Solo su sombra era capaz de seguirle el ritmo. Quería gritar y lo hizo.

- ¡PINK FLOYD! – su grito de guerra.

Meses antes había tenido que dejar todo atrás. Estudios, familia, amigos, novia… hasta su identidad. Ya ni recordaba el nombre que le habían puesto sus padres. ¿Era Martín, quizás?

Cualquier iluso le tacharía de insensible, de niñato caprichoso. Pero su punto de vista era radicalmente diferente. Si hubiera avisado a sus padres y amigos éstos se lo hubieran impedido. O, muy probablemente, nunca hubiese tenido fuerzas para dar la espalda a los preciosos ojos azules, bañados en lágrimas, del amor de su vida. Cualquier retrógrado conservador lo habría tomado por loco y, de hecho, nadie le tomó en serio cuando, suelta su lengua debido al alcohol, contaba sus anhelos a aquel que le quisiera escuchar. Sin embargo, únicamente ahora se sentía un hombre útil. Cada día se probaba a sí mismo. Cada día una nueva aventura. Cada día un nuevo desafío. Era apasionante.

Sólo él había conseguido escapar de la espiral de la que los demás seguían presos. Si alguna vez volvía, recomendaría que hicieran lo que él hizo. La sociedad era tan sólo un invento estúpido del hombre para encerrarse en sí misma. La excusa perfecta para culpar a todos sin señalar a nadie. La sociedad era un cáncer terminal del individualismo y el librepensamiento.

Desde aquella recóndita playa de la costa oeste de América, dedicó una sonrisa burlona a todos los que alguna vez había conocido. Les daba lástima. Todos como borregos, estudiando cosas inútiles, condenados luego a trabajar en profesiones que odian, vistiendo la misma ropa, comiendo en los mismos sitios, comprando objetos que no te llenarán. Compitiendo por tener una casa más cara que el vecino. Una tele más grande. Un coche más rápido. Un jardín más verde. Una esposa más bella. En definitiva, vivir una vida insípida y aburrida en la que nadie les recordará una vez sean pasto de los gusanos. Y todo por ser alguien en la vida.

¿Volver? ¡Já! Jamás volvería. Por fin había comenzado a vivir de verdad. El doloroso vacío en el pecho que había sentido desde que tenía uso de razón había desaparecido de una vez por todas. “¡Que se pudran!”. No pensaba volver. Él era Pink Floyd, era dueño de su propio destino y no necesitaba a nadie. A nadie.

Se dejó caer en la húmeda arena y observó asombrado el inmenso mar azul que se extendía ante él. ¿A dónde iría mañana? Ni él mismo lo sabía. El cielo era su límite.

Aún pasarían algunos años para que se diese cuenta, demasiado tarde, de que realmente sí necesitaba a alguien. Pero dejémosle ahora vivir tan intensa como ingenuamente. Porque “la felicidad solo es real si se comparte.”

a Supertramp.

martes, 9 de febrero de 2010

¿Buena o mala suerte?

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para la labranza y para cargar los productos de la cosecha, era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino que se percató de este hecho corrió a la puerta de nuestro hombre diciéndole:

-Tu caballo se escapó, ¿que harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quien lo sabe.

Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil con diez caballos salvajes con los que se había unido. El vecino al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

-No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar. ¡Qué buena suerte has tenido!

El hombre lo miró y le dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quien lo sabe.

Más adelante el hijo de nuestro hombre montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y calló al suelo partiéndose una pierna. Otra vez el vecino fue a decirle:

- ¡Qué mala suerte has tenido! Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte, tú eres ya viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quien lo sabe.

Pasó el tiempo y en ese país estalló la guerra con el país vecino de manera que el ejército iba por los campos reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al de nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el vecino corrió diciendo:

-Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo:

-¿Buena suerte o mala suerte? Quien lo sabe