- ¡PINK FLOYD! – su grito de guerra.
Meses antes había tenido que dejar todo atrás. Estudios, familia, amigos, novia… hasta su identidad. Ya ni recordaba el nombre que le habían puesto sus padres. ¿Era Martín, quizás?
Cualquier iluso le tacharía de insensible, de niñato caprichoso. Pero su punto de vista era radicalmente diferente. Si hubiera avisado a sus padres y amigos éstos se lo hubieran impedido. O, muy probablemente, nunca hubiese tenido fuerzas para dar la espalda a los preciosos ojos azules, bañados en lágrimas, del amor de su vida. Cualquier retrógrado conservador lo habría tomado por loco y, de hecho, nadie le tomó en serio cuando, suelta su lengua debido al alcohol, contaba sus anhelos a aquel que le quisiera escuchar. Sin embargo, únicamente ahora se sentía un hombre útil. Cada día se probaba a sí mismo. Cada día una nueva aventura. Cada día un nuevo desafío. Era apasionante.
Sólo él había conseguido escapar de la espiral de la que los demás seguían presos. Si alguna vez volvía, recomendaría que hicieran lo que él hizo. La sociedad era tan sólo un invento estúpido del hombre para encerrarse en sí misma. La excusa perfecta para culpar a todos sin señalar a nadie. La sociedad era un cáncer terminal del individualismo y el librepensamiento.
Desde aquella recóndita playa de la costa oeste de América, dedicó una sonrisa burlona a todos los que alguna vez había conocido. Les daba lástima. Todos como borregos, estudiando cosas inútiles, condenados luego a trabajar en profesiones que odian, vistiendo la misma ropa, comiendo en los mismos sitios, comprando objetos que no te llenarán. Compitiendo por tener una casa más cara que el vecino. Una tele más grande. Un coche más rápido. Un jardín más verde. Una esposa más bella. En definitiva, vivir una vida insípida y aburrida en la que nadie les recordará una vez sean pasto de los gusanos. Y todo por ser alguien en la vida.
¿Volver? ¡Já! Jamás volvería. Por fin había comenzado a vivir de verdad. El doloroso vacío en el pecho que había sentido desde que tenía uso de razón había desaparecido de una vez por todas. “¡Que se pudran!”. No pensaba volver. Él era Pink Floyd, era dueño de su propio destino y no necesitaba a nadie. A nadie.
Se dejó caer en la húmeda arena y observó asombrado el inmenso mar azul que se extendía ante él. ¿A dónde iría mañana? Ni él mismo lo sabía. El cielo era su límite.
Aún pasarían algunos años para que se diese cuenta, demasiado tarde, de que realmente sí necesitaba a alguien. Pero dejémosle ahora vivir tan intensa como ingenuamente. Porque “la felicidad solo es real si se comparte.”
a Supertramp.